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¿Atando y Desatando qué?


¿Atando y Desatando Qué?
Por Pablo Santomauro


Mateo 18:18


Hoy en día es muy común el escuchar en las iglesias a cristianos “atar y desatar” enfermedades, pobreza, demonios y hasta al diablo mismo. Para apoyar esta práctica se usan pasajes como el siguiente: “De cierto os digo que todo lo que atéis en la tierra, será atado en el cielo; y todo lo que desatéis en la tierra, será desatado en el cielo” (Mat. 18:18). Esta declaración del Señor fue dada en el contexto de disciplina dentro de la iglesia primitiva. Las palabras “atar” y “desatar” eran populares entre los rabinos de la época y equivalían a “prohibir” y “permitir”; en Mateo 18 equivalen a “disciplinar” y “restaurar”. Aquel miembro de la iglesia que persiste en pecar debe ser separado (atado) de la congregación (1 Cor. 5:5), para luego en amor ser conducido al arrepentimiento y por consiguiente ser restaurado (desatado) Gálatas 6:1. Como vemos, los demonios, las enfermedades y la pobreza son totalmente ajenos al contexto.

Otro pasaje que se usa es Mateo 12:29, donde Jesús dice: “Porque ¿cómo puede alguno entrar en la casa del hombre fuerte y saquear sus bienes, si primero no le ata? Y entonces podrá saquear su casa”. Esta declaración de Cristo es parte de una ilustración usada para refutar la acusación de los fariseos de que él expulsaba demonios en alianza con Satanás. Jesús expresa en contexto que él es más poderoso que Satán, y establece que sus exorcismos son hechos en el poder de Dios. Sería equivocado concluir de este pasaje que Cristo estaba estableciendo un patrón universal para ser seguido por los creyentes.

Alentamos a los cristianos a que se aparten del malentendido tan serio de Mateo 18:18 y 12:29 por las siguientes razones:

1.       No es bíblico. La Escritura no enseña que “atar y desatar” es el método para combatir al diablo y sus huestes, sino a través de la oración, la lectura de la Palabra y una vida de obediencia.

2.       El enfoque erróneo del cristiano es centrarse en los demonios en vez de Jesucristo; esto reduce la eficacia del creyente en el trabajo del Reino.

3.       En el terreno práctico no da resultados, como la experiencia lo indica. Alguien dijo una vez: “Si en realidad ataron al diablo, debe haber sido con una cadena muy larga”.

4.       En cuanto a “desatar” pobreza o enfermedad, la Biblia trae principios que pueden gravitar en nuestro bienestar físico y material, pero en última instancia es la soberanía de Dios la que determina nuestra condición. Nosotros no controlamos esos aspectos. La Escritura enseña que es Dios el que controla y limita los movimientos del diablo y sus huestes; también es él quien guarda a los creyentes del mal (Job 1:12; 2:6; Luc. 22:31,32; 2 Tes. 3:3; 1 Jn. 5:18).

Ciertamente llegará el tiempo en que Jesús mismo “atará” al diablo por 1000 años (Ap. 20:1-3); luego del milenio Satanás y sus huestes serán lanzados en el lago de fuego (Ap. 20:10). Jesucristo no necesita la asistencia del ser humano en esta área (o ninguna otra). Entre tanto, el antídoto para combatir al diablo no es “atándolo” sino resistiéndolo firmes en la fe (1 Ped. 5:9). Santiago lo expresa claramente: “Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros” (Stg. 4:7).

El Creyente y La Ley


El Creyente y la Ley
Por Alva J. McClain

1. ¿Está el creyente bajo la ley? Varias contestaciones, evasivas en carácter, se han dado a esta pregunta. La mayoría se basan en una definición errónea o inadecuada de lo que significa la ley.

a. Algunos opinan que el cristiano está bajo la ley moral, pero no bajo la ley ceremonial.

b. Otros dicen que estamos bajo la ley moral, pero no sujeto a sus castigos.

c. Todavía otros proponen que estamos bajo la ley moral como una regla para la vida, pero no para salvarnos. Señalan que estamos bajo la ley para la santificación pero no para la justificación.

d. Otro punto de vista es que estamos bajo el Sermón del Monte, no bajo la ley del Sinaí.

e. Otra curiosa proposición reciente es que el creyente está bajo "la ley de Dios", pero no bajo "la ley de Moisés". Según esta disposición "la ley de Moisés" es el sistema total de la ley dada en el Pentateuco, mientras que "la ley de Dios" es solamente los Diez Mandamientos.16 Tal distinción entre "la ley de Dios" y "la ley de Moisés" no tiene base en las Escrituras. Vea Lucas 2:21-24, 39 donde la misma ley se llama "la ley de Moisés" y "la ley del Señor" y la ley a que se refiere es ceremonial en su naturaleza. También, en Marcos 7:8-13 lo que "Moisés dijo" es identificado como "el mandamiento de Dios". El pasaje citado del Pentateuco incluye uno de los Diez Mandamientos y también la sentencia de muerte del código civil. Por otra parte, no seremos mal guiados por ninguno de los puntos erróneos mencionados arriba, si tenemos una definición firme y completa de la ley divina, es decir, que la ley de Dios en la Biblia es una ley, incluyendo los elementos moral, ceremonial y civil y es inseparable de sus castigos.

2. ¿Qué significa la frase bíblica "bajo la ley" o "sujeto a la ley"? Esta expresión aparece catorce veces en la versión Reina-Valera de 1960. Dos veces la preposición griega es en (Ro 2:12; 3:19), once veces es hupo en la forma acusativa (Ro 6:14-15; 1Co 9:20; Gá. 3:23; 4:4-5, 21; 5:18). En 1 Corintios 9:20 la frase se traduce "sujeto a la ley". En el pasaje que queda (1Co 9:21) la frase "bajo la ley" es una traducción algo confusa, compuesta de una sola palabra en el griego, la cual discutiremos más adelante.

Según Green, la palabra en de los textos citados anteriormente, se refiere a la esfera en que uno mora y actúa.17 Esto describiría muy correctamente al judío en relación a la ley divina. Ya que no sólo estaba bajo la ley, sino también estuvo en la ley como la esfera de su existencia y de sus hechos.

La preposición hupo con el acusativo en los otros textos significa "sujeto al poder de alguna persona o cosa", como se traduce en 1 Corintios 9:20. Como ejemplo, Thayer cita los mismos pasajes que estamos considerando en este estudio.18 Una excelente ilustración se encuentra en Mateo 8:9 cuando el centurión romano dice, "soy hombre bajo (hupo) autoridad, y tengo bajo (hupo) mis órdenes soldados". Así como el centurión estaba bajo la autoridad militar absoluta de Roma, tanto en sus leyes como en sus castigos, de la misma manera, sus mismos soldados estaban bajo la autoridad de él.

En resumen, podemos decir que estar "bajo la ley", en el sentido bíblico, es estar bajo la ley de Dios - el sistema legal de Moisés en su totalidad indivisible - sujeto a todos sus mandamientos y expuesto a sus penalidades.

3. La palabra de Dios señala con claridad que el cristiano no está "bajo la ley". Por lo menos cuatro veces el Nuevo Testamento afirma esta grande verdad, en términos simples y sin distinción. "No estáis bajo la ley" (Ro 6:14). "Porque no estamos bajo la ley" (6:15). "No estáis bajo la ley" (Gá. 5:18). "Yo no esté sujeto a la ley" (1Co 9:20). En dos de los textos citados anteriormente, el escritor relaciona dos realidades grandes de la fe cristiana con la verdad de que "no estamos bajo la ley". En Romanos 6:14, el rescate del cristiano del señorío del pecado se une con su liberación de la ley. Y en Gálatas 5:18 nuestra libertad se considera como evidencia de que somos guiados por el Espíritu. Estos efectos prácticos en la esfera moral y espiritual se discutirán posteriormente.

a. Además, hay que tomar en cuenta que el cristiano no está bajo la ley en ningún sentido para obtener la salvación. En Romanos 3:20 leemos que "por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él". Y en este texto, el Espíritu Santo declara firmemente que todas las obras de todas las leyes están excluidas del acto divino de la justificación del pecador. No hay artículos definidos. El texto griego simplemente dice "obras de ley". Otra vez en Romanos 6:14, las Escrituras afirman que la ley como ley en sí, no hace ni una contribución en lo absoluto a la santificación del creyente, pero al contrario, la libertad de la esclavitud de la ley es un factor indispensable en la obra de Dios en el alma. Cuando Pablo trata el asunto de la seguridad del creyente en Romanos 8, él afirma que la ley no tiene poder para guardarnos con seguridad, pero, "lo que era imposible para la ley" en cuanto a esto, Dios mandó a su Hijo a cumplirlo para nosotros y en nosotros (Ro 8:3-4). Por lo tanto, la ley no puede justificarnos, santificarnos, ni guardarnos.

b. La ley no puede ayudar al hombre a ganar la salvación del pecado. En Colosenses 2:14, ¿quién puede negar la referencia al Sinaí en la frase "el acta de los decretos"? El apóstol declara que esta misma ley no sólo estaba "contra nosotros", sino que también "nos era contraria". Al hacer alusión al decálogo, "grabado con letras en piedras" el mismo escritor lo describe como "ministerio de muerte" (2Co 3:7). En Romanos 4:15 aprendemos que la ley "produce ira", y en Gálatas 3:12 que "la ley no es de fe". Cuando ciertos hombres en la iglesia primitiva insistieron que los creyentes tenían que estar bajo una pequeña parte de la ley, Pedro mismo los reprendió recordándoles que la ley era "un yugo que ni nuestros padres ni nosotros hemos podido llevar" (Hechos 15:10).

c. Según el Nuevo Testamento, el cristiano está "libre de la ley". Este es el tema central de Romanos 7. El no entenderlo o aceptarlo, lleva a la derrota moral y espiritual que se ve tan gráficamente en la última parte del capítulo. Aquellos creyentes no habían aprendido que "habéis muerto a la ley mediante el cuerpo de Cristo" (v. 4), y que estaban "libres de la ley" (v. 6). Los dos verbos están en el aoristo, lo cual señala algo en el pasado que se hizo una vez y para siempre. El mismo libro resume el argumento en una declaración irrefutable, "el fin de la ley es Cristo, para justicia a todo aquel que cree" (Ro 10:4). El orden de las palabras en el griego pone la palabra "fin" al principio de la frase. Allí es donde está el énfasis - el fin de la ley ha venido para todo creyente en Cristo. Dios dice "fin". No hay error aquí. Esta es la verdad o no hay salvación para el pecador.

d. La conclusión para el cristiano es que la ley ha sido "abolida". Nadie puede leer 2 Corintios 3 sin prejuicios y no entender que el escritor está discutiendo la mera esencia de la ley de Dios con sus "tablas de piedra" (v. 3). Todo esto, en relación al cristiano, ha perecido (v. 11); ha sido "abolido" (v. 13). Lo mismo se ve en Efesios 2:15, "aboliendo en su carne las enemistades, la ley de los mandamientos". Nuevamente leemos "anulando el acta de los decretos que había contra nosotros . . . quitándola de en medio y clavándola en la cruz" (Col 2:14). Al hacerlo, nuestro bendito Señor nos libró del poder de las tinieblas y triunfó sobre ellas. Ya que el gran acusador de los creyentes y todas su huestes ocupaban la ley como base de sus obras. Bajo la ley, él pudiera, y con razón, decir que nosotros merecemos el juicio y la condenación. Pero, gracias a Dios, todo esto ha terminado. Cada uno de los castigos de la ley divina ha sido pagado, cada demanda de la ley ha sido satisfecha - no por nosotros, sino por el Cordero de Dios.

(Note: Algunos proponen que los textos citados con anterioridad se aplican solamente a los elementos ceremoniales de la ley y no a la ley moral. Aquí, nuevamente dirijo al lector a mi discusión hecha en cuanto a la unidad de la ley. También, sobre Colosenses 2:14, Peake dice, "La distinción entre la ley moral y la ceremonial no tenía mérito para Pablo. La ley es una unidad y está abolida en su totalidad". Sobre la frase "quitándola de en medio", él comenta, "El cambio del aoristo a perfecto (tiempo) es significante porque expresa que continúa siendo abolida". Para el creyente no hay "punto de regreso" a la ley. En cuanto a "clavándola en la cruz", Peake agrega, "Cuando Cristo fue crucificado, Dios clavó la ley a su cruz. Así, la ley, igual como la carne, fue abrogada, compartiendo su muerte. Por eso, la ligadura ya no existe para nosotros".19)

4. En el tiempo del Antiguo Testamento, ¿en qué sentido estaba el pueblo de Dios "bajo la ley"? Esta es una pregunta que se hace inevitable al llegar a este punto. Y es una cuestión legítima que requiere una respuesta.

a. Notemos que Dios tenía un pueblo, el cual estaba "bajo la ley" desde el Sinaí hasta el Calvario. Esta es la sustancia del argumento de Pablo en Gálatas 3:17-23. El mismo, quien se había asociado en un tiempo con el pueblo de Dios del Antiguo Testamento, refiriéndose a ellos dice, "pero antes que viniese la fe, estábamos confinados bajo la ley" (v. 23).

b. Tenemos que considerar que en aquel tiempo el estar "bajo la ley" pudiera tener solamente dos sentidos - "bajo la ley" para obtener la salvación o "bajo la ley" como regla de la vida.

c. Podemos estar seguros que estar "bajo la ley" en aquellos días no llevaba el sentido de una forma para salvarse. Porque no hay cosa más claramente enseñada en la palabra de Dios, que nadie, en cualquier edad, podía ser salvo por guardar la ley. "Ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él (Ro 3:20). Todo el capítulo 4 de Romanos está dedicada a este tema ya que ni Abraham ni David fueron salvos por la ley, sino por la fe. Con esta posibilidad excluida, hay solamente esta alternativa: "bajo la ley" para el pueblo israelita quería decir que ellos estaban bajo ella como regla de vida.

d. Ahora llevemos el argumento a su conclusión lógica. El cambio dispensacional de la edad de la ley a la edad de la gracia no significa que antes los pecadores fueran salvos por las obras de la ley y que hoy en día es por gracia. Pues ya hemos visto que nadie en cualquier edad se salva por la ley. Pero, sí, quiere decir que el pueblo de Dios en aquel tiempo estaba "bajo la ley" como regla de vida, mientras hoy no lo están. Es en este punto donde los de la teología legalista actualmente afirman que la ley está en vigor en la vida del cristiano.

¡Qué tontería! Si su afirmación es verdad, entonces ha sido cancelada la distinción entre "bajo la ley" y "no bajo la ley" y el apóstol Pablo perdió su tiempo al escribir los grandes libros de Romanos, Gálatas, y otros que declaran la importancia de esta distinción.

NOTAS

16. Vea Arthur W. Pink, The Law and the Saint (Swengel, Pa.: Reiner Publications,

n.d.)

17. S. G. Green, Handbook to the Grammar of the Greek Testament (New York: Fleming H. Revell, rev. 1912), p. 240.

18. J. H. Thayer, Greek-English Lexicon of the New Testament (New York: Harper & Bros., 1889), p. 642.

19. Peake, op. cit., p. 527-28.

El Legalismo y La Conciencia


El Legalismo y la Conciencia
Por Cameron Buettel / John Macarthur 


1 Juan 2: 1-2

El legalismo se disfraza mejor cuando se instala en nuestras conciencias. Desde allí puede burlarnos, instándonos a hacer mejor y a esforzarnos más en nuestra débil existencia caída.

Tales conciencias acosadas por culpa anhelan ser calmadas. Invariablemente, la religión falsa entra en ese vacío, ofreciendo un sistema de obras. Las religiones hechas por el hombre son particularmente atractivas para los pecadores carentes desesperados por silenciar los gritos de sus conciencias.

El catolicismo romano es un gran ejemplo. Ya hemos señalado sus negaciones codificadas de la salvación por gracia. Pero, además, el dogma católico afirma también la justicia de las obras a través de su doctrina de la penitencia:

Liberado del pecado, el pecador debe recuperar toda su salud espiritual haciendo algo más para reparar el pecado: debe "satisfacer" o "expiar" sus pecados. Esta satisfacción también se llama "penitencia". [1] Catechism of the Catholic Church , Paragraph 1459.

En su libro El Evangelio según Roma , James McCarthy explica cómo la penitencia es implementada y aplicada entre los católicos romanos: "Para ayudar a la persona en la reparación de su pecado, el sacerdote impone un acto de penitencia. Se selecciona para “estar de acuerdo con la naturaleza de los crímenes y la capacidad de los penitentes.” [2] James G. McCarthy, El Evangelio según Roma (Eugene, OR: Harvest House Publishers, 1995), 79. Antes de su conversión, Martín Lutero fue considerado por sus compañeros católicos como un penitente con mucha "capacidad". Como resultado, sufrió gravemente bajo el peso de la penitencia católica romana.

Lutero Contra el Legalismo
La conciencia de Lutero estaba plagada por su incapacidad para vencer el pecado en su vida. Por lo tanto, él se estaba imponiéndose constantemente a través de rigurosos requisitos de penitencia, como James Kittelson describe vívidamente:

Largos períodos de tiempo sin comida ni bebida, noches sin dormir, frío escalofriante sin abrigo ni manta para calentarlo -y autoflagelación- eran comunes e incluso se esperaban en las vidas de los monjes serios. . . . . . . [Lutero] no sólo pasó por los movimientos de las oraciones, ayunos, privaciones y mortificaciones de la carne, sino que los persiguió seriamente. . . . . . . Incluso es posible que las enfermedades que tanto le preocuparon en sus últimos años se desarrollaron como resultado de su estricta negación de sus propias necesidades corporales. [3] James M. Kittelson, Luther the Reformer, Fortress Press ed. (Minneapolis, MN: Fortress Press, 2003), 55.

No es de extrañar que la conversión de Lutero a Cristo fuera intensamente eufórica y liberadora. Las palabras del apóstol Pablo en Romanos 1: 17: "El Justo vivirá por fe" -fue el pararrayos que encendió a Lutero, provocó la Reforma y sacudió al mundo.

Protestantes Profesantes, Católicos Practicantes

Todos los verdaderos Protestantes se unen alegremente con Martín Lutero para proclamar la justicia que viene por medio de la fe en Cristo, completamente aparte de cualquier esfuerzo humano. Aún así, las duras prácticas de su antiguo monasterio a menudo se demoran en nuestras conciencias enclaustradas.

Sin duda, la mayoría de los cristianos considera que la doctrina católica de la penitencia es abominable. Sin embargo, muchos están autoflagelados por sus conciencias culpables. Ellos saben que su posición correcta con Dios depende de la obra expiatoria de Cristo, pero aún así la consideran una frágil reconciliación, una que está en un filo de cuchillo perpetuo. Puede que Dios los haya adoptado como Sus hijos, pero ellos todavía viven en el temor constante de ser repudiados si cometen un pecado suficientemente grande. Por esta razón, muchas iglesias están llenas de protestantes que piensan y actúan como católicos.

Comprendí que fui salvo por la gracia solo a través de la fe solamente en Cristo solamente. Pero mi relación con Dios se sentía como una montaña rusa continua que subía y bajaba con mi comportamiento. Algunos días me sentí sumamente obediente a Sus mandamientos y consecuentemente caminaba con confianza de que Dios debía estar complacido conmigo. Otros días me sentí humillado por actos de desobediencia y estaba demasiado avergonzado para acercarme a Él en oración. Entonces estaba en mi inclinar la balanza a mi favor intentando más y mejor.

Puede haber sido imperceptible para mis amigos cristianos, pero mi mente estaba llena de culpa legal y miedo. Peor aún, en realidad pensé que mi penitencia mental demostraba gran humildad y rectitud. Pero vivir bajo ese tipo de presión no es una forma de piedad, ni refleja una visión baja de sí mismo. Más bien, revela la incredulidad concerniente a la Palabra de Dios y una visión baja de Cristo en Su papel como nuestro Abogado celestial:

Si confesamos nuestros pecados, El es fiel y justo para perdonarnos los pecados y para limpiarnos de toda maldad. Si decimos que no hemos pecado, le hacemos a El mentiroso y su palabra no está en nosotros…. Hijitos míos, os escribo estas cosas para que no pequéis. Y si alguno peca, Abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo. El mismo es la propiciación por nuestros pecados, y no sólo por los nuestros, sino también por los del mundo entero. (1 Juan 1:9-2:2)

Acerca de Cristo como nuestro Abogado, John MacArthur escribe:
Todos los que están ante el tribunal de la justicia divina son culpables de violar la santa ley de Dios; ellos “todos están bajo pecado. Como está escrito: No hay justo, ni aun uno” (Romanos 3:9-10), y “el que guarda toda la ley y, sin embargo, tropieza en un punto, se ha vuelto culpable de todos” (Santiago 2:10). La justa sentencia que debe dictar la corte divina es castigo eterno en el infierno, "porque la paga del pecado es muerte" (Romanos 6:23).

Pero todo no es desesperado para los culpables, porque hay un carácter más a considerar en esta escena divina del tribunal: el Señor Jesucristo. Él actúa como el Abogado, o Abogado de la Defensa, para todos los que creen salvíficamente en él. Él es un abogado de defensa más inusual, sin embargo, ya que no mantiene la inocencia de sus clientes, sino que reconoce su culpabilidad. Sin embargo, Él nunca ha perdido un caso, y nunca lo hará (Juan 6:39, ver Romanos 8: 29-30). Usando el lenguaje de la sala del tribunal, Pablo declaró: “¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condena? Cristo Jesús es el que murió, sí, más aún, el que resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros.” (Romanos 8:33-34, Colosenses 2:13-14). Esa última frase es la clave de cómo el Señor Jesucristo infaliblemente gana la absolución de aquellos que ponen su fe en Él. Él intercede ante el Padre sobre la base de Su propia sustitución por los pecadores en la muerte sacrificial, la cual pagó por completo el castigo del pecado para todos los que confían en Él para la salvación, satisfaciendo así las demandas de la justicia de Dios. [4] John MacArthur, The MacArthur New Testament Commentary: 1–3 John (Chicago, IL: Moody Publishers, 2007), 44.

Dependemos de Cristo Para Salvarnos y Guardarnos
Fue John MacArthur quien entregó el golpe de la muerte a mi legalismo interno cuando dijo: "Si pudiera perder mi salvación, lo haría." Comprendí inmediatamente su punto. Si mantener mi posición correcta con Dios depende de mis propios esfuerzos para agradarle, entonces estaría tan condenado al fracaso como cualquier esfuerzo propio para lograr mi propia salvación. Debemos depender de Cristo para todo. Si estoy confiando en Él para salvarme, entonces también necesito confiar en Él para que no caiga jamás de Su gracia.

y yo les doy vida eterna y jamás perecerán, y nadie las arrebatará de mi mano. Mi Padre que me las dio es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano del Padre. (Juan 10:28-29).

Legalismo y Santificación


Legalismo y Santificación
Cameron Buettel

Filipenses 2:12-13

El legalismo es más difícil de evitar de lo que se podría pensar. No asuma que usted no es un legalista sólo porque no está tratando de esforzarse por si mismo para ir el cielo. No es tan simple.

Como vimos la última vez, los fariseos creyeron que podían mantener la ley Mosaica a través de sus propios esfuerzos. Pero esa no era la medida completa de su legalismo. También tomaron elementos simples de la ley de Dios y los enterraron bajo una montaña de letra pequeña. John MacArthur desarrolla esto en su sermón, “Jesús es el Señor del Sábado, parte 1”:

Fue Dios quien definió el Sábado en Génesis 2: 3, Él cesó completamente de la obra de la creación. Y así, el Sábado llegó a referirse a ese día cuando la gente dejó de trabajar. Eso es todo lo que dice el Antiguo Testamento. Simplemente dice que no vas a trabajar. . . . . . .

Pero los hipócritas fariseos y escribas habían desarrollado todo tipo de cosas para hacer que el sábado fuera peor que cualquier otro día debido a sus increíbles restricciones. . . . . . .

No podías viajar más de tres mil pies. Algunos dicen que no se puede ir más de mil novecientos noventa y nueve pasos, si usted toma el paso dos milésimo, ha violado el sábado. Esto sería desde el viernes cuando el sol se pone hasta el sábado cuando cae. . . . . . .

No se podía llevar carga alguna que pesara más que un higo seco, o la mitad de un higo llevado dos veces. . . . . . . Si lanzas un objeto en el aire y lo tomas con la otra mano, era pecado. Si lo tomabas con la misma mano, no lo era. Si una persona se encontraba en un lugar y extendía su brazo para comer y el sábado lo alcanzaba, tendría que dejar la comida y no devolver el brazo, o estaría cargando una carga y eso sería pecado. Un sastre no podía cargar su aguja. El escriba no podía llevar su pluma. Un alumno no podía cargar sus libros. . . . . . . La lana no podía ser teñida. No se podía vender nada. No se podía comprar nada. Nada podía ser lavado. No se podía enviar una carta. . . . . . . No se podía encender fuego. Agua fría podría ser vertida en caliente, pero cálido no podía ser vertida en frío. Y esto sigue y sigue.

La proclividad de los fariseos por leyes tan absurdamente detalladas provocó una reprensión abrasadora del Señor. Extrayendo de Isaías 29:13, Jesús renunció a su sistema legal pesado: "En vano me adoran, enseñando como doctrinas los preceptos de los hombres" (Marcos 7: 7).

Afortunadamente, no tenemos que vivir bajo la minucia opresiva de las reglas farisaicas. Sin embargo, muchos cristianos viven sus vidas en servidumbre a una cepa similar de legalismo-uno donde su identidad cristiana está ampliamente definida por las reglas hechas por el hombre.

Ese fue ciertamente el caso en mis primeras experiencias como un nuevo cristiano. La iglesia a la que asistí tenía raíces en el movimiento de la santidad, y el pastor era sin duda de la vieja escuela. Él creía que la salvación era únicamente por la gracia de Dios, pero afirmaba que la salvación era otra historia en conjunto.

Mi educación cristiana temprana giraba principalmente en torno a lo que no debía hacer. Beber, jugar, bailar y estar cerca del sexo opuesto eran estrictamente tabú. Mantener ese código de conducta me hizo un miembro de buena reputación en mi congregación local. Es cierto que creo que siguiendo esas reglas me salvó de una gran aflicción personal cuando era joven. Pero tratar de cumplir esas prohibiciones era perjudicial para mi teología; desarrollé una visión invertida de la santificación, creyendo que las buenas obras eran el requisito más que el fruto natural de la regeneración espiritual.

Ese tipo de santificación conductual se ha convertido en sinónimo del movimiento fundamentalista en América. Es desafortunado, porque el fundamentalismo tiene orígenes mucho más nobles. Fue el baluarte contra la teología liberal que invadió América hace un siglo tras destruir las iglesias protestantes en Europa. John MacArthur reconoce las raíces bíblicas heroicas del fundamentalismo:

Los evangélicos de ambos lados del Atlántico se unieron al escribir y publicar una serie de artículos titulados The Fundamentals. Originalmente publicado en doce volúmenes, esos artículos sentaron las bases para un movimiento que se conoció como fundamentalismo. Con hombres como J. Gresham Machen, James Orr y RA Torrey liderando el camino, el fundamentalismo empleó la sana doctrina para combatir el liberalismo, la crítica más alta, la teoría evolucionista y el modernismo. [1] John MacArthur, Reckless Faith (Wheaton, IL: Crossway, 1994), 93–94.

Tristemente, casi inmediatamente después de su mayor triunfo, el movimiento fundamentalista comenzó a astillarse y luego transformarse en un animal completamente diferente. Una parte comenzó a buscar credibilidad académica a un grado insano y comprometedor. El otro lado reaccionó exageradamente evitando la erudición bíblica seria por completo y cambiando su enfoque a asuntos de comportamiento y apariencia externas.

Esta ala derecha del movimiento fundamentalista estaba implacablemente fragmentado por el separatismo militante. El legalismo llevó a un énfasis extremo en asuntos externos. Las pequeñas preocupaciones a menudo reemplazaron la doctrina seria como tema de discusión y debate. Esta rama del movimiento alcanzó rápidamente el punto donde algunos de sus adherentes pasaron más tiempo discutiendo sobre la longitud del pelo de los hombres y la ropa de las mujeres que gastaron defendiendo los fundamentos verdaderos de la fe. [2] Reckless Faith , 95–96.

Los fundamentalistas son ahora ampliamente ridiculizados como legalistas por la mayoría de los cristianos, y como partidarios de un mundo incrédulo. Y ese es un trágico desenlace para un movimiento que aún mantengo fuertes afectos, con fundadores a quienes cuento entre mis antepasados ​​espirituales.

Sin embargo, la trayectoria del fundamentalismo nos proporciona una poderosa lección sobre los peligros del legalismo progresivo. La identidad espiritual no debe estar ligada a la conducta o apariencia externa. Sin embargo, eso es lo que vemos cada vez que manejamos a través de una comunidad Amish. Es lo que escuchamos cada vez que un Adventista del Séptimo Día nos amonesta acerca del culto dominical. Y es lo que mostramos cada vez que empezamos a legitimar nuestro cristianismo sobre la base de las cosas que hacemos o no hacemos.

¿Significa esto que no debemos preocuparnos por la justicia externa? En las palabras del apóstol Pablo: "¡Que nunca sea! How shall we who died to sin still live in it” (Romans 6:2). ¿Cómo moriremos nosotros en el pecado? "(Romanos 6: 2). Nuestro crecimiento en la justicia importa a Dios. Pero como dije antes, nuestra santificación es el resultado de la verdadera conversión, no la garantía. Eso no quiere decir que la justicia ocurra pasivamente, sino más bien cuando usted se "ocupa en su salvación" (Filipenses 2:12), ustedes sólo pueden hacer eso porque Dios “es quien obra en vosotros tanto el querer como el hacer, para su beneplácito"(Filipenses 2:13). Dice "Su beneplácito" y no "nuestra autocontención", si nuestras buenas obras sólo llegan a través de dientes apretados, pueden indicar un corazón que aún no ha sido regenerado por el Espíritu Santo.

Ezequiel apunta maravillosamente a la justicia externa que se manifiesta en las vidas de aquellos que son internamente transformados por el Espíritu Santo: “Pondré dentro de vosotros mi espíritu y haré que andéis en mis estatutos, y que cumpláis cuidadosamente mis ordenanzas” (Ezequiel 36:27). Debemos dar gloria a Dios por las cosas buenas que hacemos. Como argumenta John MacArthur, la justificación no es donde termina la obra de Dios, sino más bien dónde comienza:

Aquellos que discuten contra la salvación del señorío a menudo basan su teología en la suposición errónea de que la obra de Dios en la salvación se detiene con la justificación. El resto, muchos creen, es puramente el propio esfuerzo del creyente. La santificación, la obediencia, la rendición y todos los aspectos del discipulado quedan a cargo de los creyentes para hacer o no hacer lo que ellos elijan.. Por lo tanto, al promover la salvación por la gracia sin las obras, realmente han establecido un sistema que es casi totalmente dependiente de las obras humanas para cualquier medida de la justicia práctica.

Afortunadamente, el evangelio según Jesús no abandona a los creyentes a sus propias energías. La gloriosa justificación de la que habló nuestro Señor es sólo el comienzo de la vida abundante que prometió (Juan 10:10). “"El que cree en Mí, como dice la Escritura," De su interior correrán ríos de agua viva "(Juan 7:38). La salvación que Él prometió trae no sólo la justificación, sino también la santificación, la unión con Él, el Espíritu Santo que mora en nosotros y una eternidad de bendición. [3] John MacArthur, The Gospel According to Jesus , 3rd ed. (Grand Rapids, MI: Zondervan, 2008), 200.

Dios es el autor de nuestra salvación y la fuente de poder para una vida transformada. La verdadera libertad de los grilletes del legalismo espera a aquellos de nosotros que encontramos nuestra identidad y valor cristiano, no en lo que hacemos o no hacemos, sino en A quién pertenecemos. En otras palabras, nuestra posición en Cristo es una medida mucho más confiable de nuestro estado espiritual que nuestra conducta.

Legalismo y Salvación


Legalismo y Salvación
Por Cameron Buettel / John Macarthur



 
Lucas 10:25-28 

¿Alguna vez te han llamado legalista? ¿O acaso le has dado esa etiqueta a alguien más? Es una palabra que se arroja con alarmante frecuencia en los círculos religiosos, siempre como peyorativo. Pero, ¿qué tan bien entendemos el legalismo? Una acusación tan punzante no debe ser usada imprudentemente, o ignorantemente.

En los días que nos ocuparemos examinaremos tres tendencias importantes del legalismo y lo que la Escritura tiene que decir sobre ellas. Van desde lo peligroso hasta lo condenable, pero no todos ellos son obvios. Usted puede ser más propenso de lo que piensa en caer en uno de ellos.

Del mismo modo, podría estar lanzarse el término de manera imprecisa, acusando e impugnando a personas que no han hecho nada malo. De cualquier manera, el legalismo -el legalismo verdadero- es un tema que exige nuestra atención.

Hoy, vamos a considerar la tensión más familiar y herética del legalismo: obras de justicia.

La Escritura es explícitamente clara con respecto a la relación entre nuestras buenas obras y nuestra salvación, no hay una. Tenemos una posición legal y correcta con Dios por gracia, por medio de la fe en Cristo, aparte de cualquier obra humana meritoria (Efesios 2:8-9). Pero el legalismo de obras de justicia ataca directamente esa doctrina básica del evangelio.

Justicia-propia
La justicia propia u obras de justicia, piensa que la salvación depende por completo de su capacidad para cumplir con los requisitos legales de Dios para una correcta posición ante Él. Insiste en que las buenas obras son la única causa de, o contribuyen a, la justificación ante Dios.

Esa teología era fundamental para el defectuoso sistema religioso ideado por los fariseos. En realidad creían que podían cumplir todos los requisitos de la ley mosaica si trabajaban lo suficiente. Muchos de ellos se enorgullecían de sus dedicados esfuerzos de autojustificación.

Jesús describió con exactitud sus creencias delirantes en una de sus parábolas, recitando una típica oración farisaica: “Dios, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: estafadores, injustos, adúlteros; ni aun como este recaudador de impuestos. "Yo ayuno dos veces por semana; doy el diezmo de todo lo que gano.” (Lucas 18:11-12). Ese tipo de auto-justificación estaba implícito en muchos de los encuentros de Cristo con los fariseos. Es por eso que no podían entender el hecho de que Jesús convivió con los pecadores (Mateo 9:11).

Su fijación con ganar la salvación fue expuesta cuando uno de sus intérpretes de la ley preguntó a Jesús: "Maestro, ¿qué haré para heredar la vida eterna?" (Lucas 10:25, énfasis añadido). Y Cristo respondió diciéndole exactamente lo que necesitaba hacer si quería ganar la vida eterna por medio de sus propios esfuerzos: “Has respondido correctamente; HAZ ESTO [guarda toda la Ley de Dios] Y VIVIRAS.” (Lucas 10:28). John MacArthur explica el punto que Cristo estaba haciendo en realidad:

Jesús, por supuesto, no estaba diciendo que había alguna gente en algún lugar que pudiera ser salvada guardando la ley. Por el contrario, señalaba la imposibilidad absoluta de hacerlo, ya que la ley exige lo imposible –una obediencia perfecta y completa (Santiago 2:10), y promete muerte física, espiritual y eterna a los que la desobedecen (Ezequiel 18:4, 20, Romanos 6:23). Esas realidades ponen a los pecadores en una situación desesperada. Están obligados a guardar la ley perfectamente, pero no son capaces de hacerlo, y como consecuencia enfrentan la muerte. La única manera de salir de ese dilema espantoso es reconocer el pecado de uno (Salmo 32: 5, Proverbios 28:13, 1 Juan 1: 9), clamar por misericordia (Lucas 18:13), y por la fe solamente (Juan 3:16, 36, 5:24, Hechos 15:9, Romanos 3:20-30, 4:5, 5:1, Gálatas 2:16, Efesios 2:8-9, Filipenses 3:9, 1 Pedro 1:9) abrazar al Señor Jesucristo como el Salvador y el único sacrificio por el pecado (Efesios 5:2, Hebreos 9: 24-28, 10:12). [1] John MacArthur, The MacArthur New Testament Commentary: Luke 6–10 (Chicago: Moody Press, 2011) 354.

Trágicamente, el intérprete de la ley fariseo no se dio cuenta de que realmente estaba hablando con Aquel cuya misión era cumplir la ley de Dios a favor de los pecadores (Mateo 5:17, 2 Corintios 5:21).

Gracia Más Obras
La resurrección y ascensión de Cristo no puso fin al legalismo judío. Más bien, fue re-empaquetado para infiltrarse en la iglesia primitiva. En lugar de ofrecer otro evangelio basado únicamente en la rectitud de las obras, una nueva ola de legalistas argumentó que el evangelio cristiano necesitaba ser complementado con obras añadidas.

Esa fue la herejía que Pablo luchó en su epístola a los Gálatas. Las personas que estaban celosas por la ley mosaica se habían infiltrado en la iglesia allí. En lugar de negar el evangelio de la gracia, aparte de las obras de la ley, estos judaizantes quisieron combinar ciertos requisitos legales mosaicos -especialmente la circuncisión- con el llamado a la fe salvadora en Jesucristo (Gálatas 3:3 y 4:9).

Vale la pena señalar que la guerra de Pablo no fue contra la circuncisión per se, sino más bien su uso como un medio suplementario de justificación.

De hecho, Pablo enfatizó que añadir algo la obra terminada de Cristo finalmente, niega Su obra terminada:

Mirad, yo, Pablo, os digo que si os dejáis circuncidar, Cristo de nada os aprovechará. Y otra vez testifico a todo hombre que se circuncida, que está obligado a cumplir toda la ley. De Cristo os habéis separado, vosotros que procuráis ser justificados por la ley; de la gracia habéis caído. (Gálatas 5:2-4)

En resumen, las obras humanas no se mezclan con la obra terminada de Cristo para lograr la salvación. No es un esfuerzo colaborativo. A falta de cumplir perfectamente toda la ley mosaica, tú y yo no podemos hacer una contribución a nuestra posición correcta con Dios.

El Catolicismo Romano y la Herejía de Galacia
Los paralelos modernos abundan en la situación en Galacia. El catolicismo romano tiene un fuerte parecido con la herejía de los judaizantes. Las obras en las que insisten pueden ser diferentes (como es su definición de la gracia), pero la ecuación condenable es exactamente la misma -la gracia y las obras son iguales a la salvación:

Si alguno dijere, que el pecador se justifica con sola la fe, entendiendo que no se requiere otra cosa alguna que coopere a conseguir la gracia de la justificación; y que de ningún modo es necesario que se prepare y disponga con el movimiento de su voluntad; sea anatema. [2] Consejo de Trento, Cánones Sobre la Justificación, Canon IX.

Se oponen a la justificación por la fe sola, anatematizando a cualquiera que diga "nada más se requiere" excepto la fe. Su sistema religioso exige obras adicionales de justicia, realizadas por el creyente, que contribuyen a su justificación:

Si alguno dijere, que la justicia recibida no se conserva, ni tampoco se aumenta en la presencia de Dios, por las buenas obras; sino que estas son únicamente frutos y señales de la justificación que se alcanzó, pero no causa de que se aumente; sea anatema”. [3] Consejo de Trento , Cánones Sobre la Justificación, Canon XXIV.

El catolicismo romano es hostil a cualquier soteriología (doctrina de salvación) donde no se requieren buenas obras. Y su legalismo continúa sin cesar hasta nuestros días. El Concilio de Trento puede tener casi 500 años, pero sigue siendo obligatorio para todos los católicos. Su doctrina pone de relieve el absurdo absoluto de cualquier ocultación ecuménica hacia ellos. Las líneas de batalla que los reformadores trazaron con Roma sobre el evangelio no se han movido en medio milenio.

De hecho, el error de Roma fue tratado hace dos mil años, cuando Pablo volvió a la iglesia en Jerusalén después de su primer viaje misionero. Él trajo noticias de muchos gentiles convertidos a Cristo. Ese anuncio provocó un acalorado debate entre los primeros discípulos -que eran judíos- acerca de cuál de las leyes mosaicas deberían aplicarse a los nuevos creyentes gentiles. Hechos 15:1-29 se dedica exclusivamente a este asunto. El consejo de Pedro en aquella reunión debe ser escuchado por cualquiera que piense añadir obras al evangelio:

Ahora pues, ¿por qué tentáis a Dios poniendo sobre el cuello de los discípulos un yugo que ni nuestros padres ni nosotros hemos podido llevar? 11 Creemos más bien que somos salvos por la gracia del Señor Jesús, de la misma manera que ellos también lo son. (Hechos 15:10-11)

El yugo al que se refirió Pedro era las exigencias justas de la ley de Dios y el continuo fracaso de Israel de mantenerlo a lo largo de su historia.

¿Cuál es el Propósito de la Ley de Dios?
Todos los legalistas discutidos arriba comparten dos puntos críticos de terreno común: han perdido el punto de la ley de Dios y fueron inconscientes de la gravedad del pecado.

La elección de cualquier camino de obras de justicia es someterse a todo el alcance y las exigencias de los requisitos legales de Dios (Gálatas 5: 2-4). Todo aquel que no cumple la ley en cada punto está bajo su maldición (Gálatas 3: 10-12). El juicio de Cristo sobre los fariseos es válido para todos los que se adhieren a cualquier forma de legalismo de obras de justicia: “y moriréis en vuestro pecado; adonde yo voy, vosotros no podéis ir” (Juan 8:21).

¿Qué debemos hacer entonces de los mandamientos de Dios? ¿Fue la ley dada con la esperanza de que podría ser una opción viable a través del cual los hombres podrían cumplir sus requisitos y alcanzar la vida eterna? ¿Era la ley algo malo porque nadie podía mantenerla? Pablo respondió a ambas preguntas con un enfático "no".

¿Qué diremos entonces? ¿Es pecado la ley? ¡De ningún modo! Al contrario, yo no hubiera llegado a conocer el pecado si no hubiera sido por medio de la ley; porque yo no hubiera sabido lo que es la codicia, si la ley no hubiera dicho: NO CODICIARAS. (Romanos 7:7)

La ley de Dios juega el papel vital de exponer nuestra culpa. Eso, a su vez, nos señala nuestra necesidad desesperada de un Salvador (Gálatas 3:19). Pablo lo llama “nuestro ayo para conducirnos a Cristo, a fin de que seamos justificados por fe.” (Gálatas 3:24).

El legalismo de obras de justicia es antitético a eso. En lugar de exponer su culpa, los legalistas creen que la ley afirma su auto-justicia. Ese es un camino hacia la destrucción eterna que debemos evitar a toda costa.

La Unión Hipostática


La Unión Hipostática
John F. Macarthur / Richard Mayhue

En el año 325 dC, el Concilio de Nicea afirmó la revelación de la Escritura de que Jesús era verdaderamente Dios. Posteriormente, en el año 451 dC, el Concilio de Calcedonia estuvo de acuerdo en que Jesús era al mismo tiempo humano y divino, implicando una "unión hipostática" de las dos naturalezas sin confusión, sin cambio, sin división y sin separación. El Credo de los Apóstoles (siglo V dC) Así, por tanto afirma: “yo creo. . . . . En Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor, que fue concebido por el Espíritu Santo, nacido de la Virgen María ". En otras palabras, la unión hipostática consiste en las dos naturalezas de Cristo en una persona teantropica (Dios-hombre). Esta unión mantiene la deidad de Cristo sin disminuir y su humanidad sin exaltar. 

La unión hipostática es distinta del nacimiento virginal y de la encarnación. La encarnación se refiere a todo el concepto de Dios manifestándose en carne humana. El nacimiento virginal constituyó el medio por el cual se realizó la encarnación. Como Charles Feinberg explicó una vez, “La unión hipostática es aquella que se haya realizado y llevado a la existencia mediante la encarnación.” La unión hipostática difiere de las teofanías en que había múltiples teofanías, temporales, mientras que la existencia de dos naturalezas en Cristo desde su encarnación es eterna. Él es ahora y para siempre el Dios-hombre. 

Mientras que la naturaleza humana que el Hijo de Dios recibió en su encarnación le permite experimentar la humanidad, El no existe como dos personas. Él no es sino una persona con dos naturalezas: la divina y la humana. La deidad de Cristo afecta la individualización (que implica carácter y personalidad) de su naturaleza humana. Dios el Padre preparó el cuerpo físico de Cristo para la encarnación, para que el Hijo de Dios hiciera la voluntad del Padre (Hebreos 10: 5-7). Cada naturaleza posee su propia voluntad. En Juan 17:24, la voluntad divina de Cristo aparece en su relación trinitaria con el Padre antes de la fundación del mundo. Pero en el jardín de Getsemaní, Jesús ajusta su voluntad humana a la voluntad del Padre (Mateo 26:39). Esta dualidad dentro de una persona puede verse también en la juventud de Jesús cuando asombró a los maestros en el templo con su sabiduría y conocimiento de las Escrituras mientras hablaba de su naturaleza divina, pero luego sometió su voluntad humana a los deseos de sus padres (Lucas 2:47, 51-52). No se trataba de personalidades en conflicto, sino de dos naturalezas distintas pero perfectas. 

La humanidad implica padecer, no sólo encontrarse, con lo que la humanidad comúnmente experimenta. Desde el comienzo de Su vida encarnada hasta el final de su viaje terrenal, Jesús experimentó el nacimiento (Mateo 2:1), el crecimiento (Lucas 2:40), el agotamiento (Juan 4: 6), el sueño (Marcos 4:38), hambre (Mateo 4: 2; 21:18), sed (Juan 4: 7; 19:28), enojo (Marcos 3: 5), dolor (Mateo 26:37), lloro (Lucas 19:41; 11:35), compasión (Mateo 9:36), amor (Marcos 10:21, Juan 11: 3, 5, 36), alegría (Lucas 10:21, Juan 15:11), tentación (Mateo 4: 1, Hebreos 4:15), oración (Mateo 14:23, Hebreos 5: 7), sufrimiento (Mateo 16:21, Lucas 22:44, Hebreos 2:18) y muerte (Marcos 15: 37-39, Lucas 23: 44-46, Juan 12:24, 33, Romanos 5: 6, 8, Filipenses 2: 8). También experimentó primero lo que todos los seres humanos experimentarán: resurrección (Mateo 17: 9, Juan 2:22, 21:14, Hechos 3:15, 1 Corintios 15:20). Jesús era, de hecho, verdadera y completamente humano, así como verdadera y completamente Dios (ver “ Deidad ” más arriba). 

El escritor de la epístola a los hebreos ha escrito de manera muy sucinta y hermosa sobre la necesidad de la humanidad de Cristo y la gran bendición que le corresponde a la humanidad por su humanidad: “Por tanto, tenía que ser hecho semejante a sus hermanos en todo, a fin de que llegara a ser un misericordioso y fiel sumo sacerdote en las cosas que a Dios atañen, para hacer propiciación por los pecados del pueblo. Pues por cuanto El mismo fue tentado en el sufrimiento, es poderoso para socorrer a los que son tentados.” (Heb. 2:17–18). Él es “Jesús el Nazareno, varón confirmado por Dios” (Hechos 2:22). Él es "el único mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús" (1 Timoteo 2:5). Sí, "He aquí el hombre" (Juan 19: 5). 

Acerca de este maravilloso misterio de la unión hipostática de las dos naturalezas de Cristo, John Walvoord señala que “mientras que los atributos de una naturaleza no se atribuyen a la otra, los atributos de ambas naturalezas se atribuyen correctamente a Su persona.” Este hecho requiere a los lectores de la Escritura discernir correctamente la llamada comunicación de propiedades (Lat. comunicación de idiomas) en el registro bíblico con el fin de entender correctamente quién es Jesús y lo que ha logrado. Es decir, lo que se puede decir de una de las naturalezas de Cristo puede ser correctamente dicho de Cristo como a toda la persona. Por ejemplo, el comentario de Pablo en Hechos 20:28 no significa que la naturaleza divina tenga sangre, porque Dios es espíritu (Juan 4:24). Pero debido a que la "sangre" es una propiedad de la naturaleza humana de Cristo y "Dios" es una propiedad de su naturaleza divina, Pablo puede decir de Jesús que Dios compró la iglesia con su propia sangre. Las propiedades de ambas naturalezas pueden ser predicadas de la única persona de Cristo. Walvoord útilmente ofrece siete clasificaciones, que se resumen a continuación, que nos permiten distinguir entre las referencias bíblicas a las naturalezas y persona de Cristo: 

1. Referencias bíblicas a toda la persona de Cristo, en la cual ambas naturalezas son esenciales:

Porque un niño nos ha nacido, un hijo nos ha sido dado, y la soberanía reposará sobre sus hombros; y se llamará su nombre Admirable Consejero, Dios Poderoso, Padre Eterno, Príncipe de Paz. El aumento de su soberanía y de la paz no tendrán fin sobre el trono de David y sobre su reino, para afianzarlo y sostenerlo con el derecho y la justicia desde entonces y para siempre. El celo del SEÑOR de los ejércitos hará esto. (Isa. 9: 6-7) 
Y dará a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús, porque El salvará a su pueblo de sus pecados. (Mateo 1:21) 
Teniendo, pues, un gran sumo sacerdote que trascendió los cielos, Jesús, el Hijo de Dios, retengamos nuestra fe. (Hebreos 4:14) 

2. Referencias a toda la persona, pero los atributos son verdaderos de su deidad:
Pero Jesús, por su parte, no se confiaba a ellos, porque conocía a todos, y no tenía necesidad de que nadie le diera testimonio del hombre, pues El sabía lo que había en el hombre. (Juan 2: 24-25)
Nadie ha subido al cielo, sino el que bajó del cielo, es decir, el Hijo del Hombre que está en el cielo. (Juan 3:13)
Pero El les respondió: Hasta ahora mi Padre trabaja, y yo también trabajo. (Juan 5:17). 

3. Referencias a toda la persona, pero los atributos son verdaderos de su humanidad:
Entonces Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo. Y después de haber ayunado cuarenta días y cuarenta noches, entonces tuvo hambre. (Mat. 4: 1-2)
Y dio a luz a su hijo primogénito; le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón. (Lucas 2: 7)
Y el Niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre El. (Lucas 2:40)
y allí estaba el pozo de Jacob. Entonces Jesús, cansado del camino, se sentó junto al pozo. Era como la hora sexta. (Juan 4: 6) 

4. Aparente contradicción en las referencias que describen a la persona entera según un atributo de su naturaleza divina, pero predicada de su naturaleza humana:
Tened cuidado de vosotros y de toda la grey, en medio de la cual el Espíritu Santo os ha hecho obispos para pastorear la iglesia de Dios [atributo divino], la cual El compró con su propia sangre [atributo humano]. (Hechos 20:28) 
Cuando le vi, caí como muerto a sus pies. Y El puso su mano derecha sobre mí, diciendo: No temas, yo soy el primero y el último, y el que vive [atributo divino], y estuve muerto [atributo humano]; y he aquí, estoy vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la muerte y del Hades. (Ap 1:17-18). 

5. Aparente contradicción en las referencias que describen a toda la persona según un atributo de su naturaleza humana, pero predicada de su deidad:
¿Pues qué si vierais al Hijo del Hombre [atributo humano] ascender adonde antes estaba? [atributo divino] (Juan 6:62)
de quienes son los patriarcas, y de quienes, según la carne [atributo humano], procede el Cristo, el cual está sobre todas las cosas, Dios [atributo divino] bendito por los siglos. Amén. (Romanos 9:5) 

6. Referencias que describen a la persona entera según su deidad pero predicada de ambas naturalezas:
Entonces El le dijo: En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso. (Lucas 23:43)
Entonces Jesús tomó los panes, y habiendo dado gracias, los repartió a los que estaban recostados; y lo mismo hizo con los pescados, dándoles todo lo que querían. (Juan 6:11)
Pero Jesús, sabiendo en su interior que sus discípulos murmuraban por esto, les dijo: ¿Esto os escandaliza? (Juan 6:61)
Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Cuando Cristo, nuestra vida, sea manifestado, entonces vosotros también seréis manifestados con El en gloria. (Col. 3:3-4) 

7. Referencias que describen a la persona entera según su humanidad pero predicada de ambas naturalezas: 
“Y alrededor de la hora novena, Jesús exclamó a gran voz, diciendo: ELI, ELI, ¿LEMA SABACTANI? Esto es: DIOS MIO, DIOS MIO, ¿POR QUE ME HAS ABANDONADO?” (Mateo 27:46) Dios no puede dejar o abandonar a Dios, Jesús está en la cruz en la totalidad de su persona, pero el Padre lo abandona temporalmente de acuerdo con su humanidad, como el Dios-hombre, Jesús muere con respecto a su humanidad, porque la naturaleza divina no puede morir.

Y le dio autoridad para ejecutar juicio, porque es el Hijo del Hombre. (Juan 5:27) 
Por lo tanto, una teología bíblica de la persona y las naturalezas de Cristo debe descansar en una lectura cuidadosa de las Escrituras junto con un reconocimiento de nuestra limitada comprensión. El lector perspicaz prestará mucha atención a cada detalle del texto bíblico para interpretarlo correctamente con respecto a la comprensión teológica de quién es Jesucristo y lo que ha hecho, está haciendo y hará.